por Toni Marqués
A Ferrà no lo conocí en un concierto ni en un ensayo.
Ni siquiera con una guitarra en las manos.
La primera vez que le vi buceaba entre la parte Especial de Derecho penal y unos manoseados apuntes de Administrativo II. Así que en un principio pensé que estaba ante alguien cuya vocación eran las Leyes, y lo de la música un entretenimiento para matar el tiempo y si se terciaba, ablandar alguna falda.
De habérselo dicho, otros dedos picarían ahora estas teclas, pero quiso el azar que lo guardase para mí y tardé muy poco en darme cuenta de que andaba equivocado.
Rafa perseguía la Música sin usar para ello ropa vieja, drogas, banderas o poner su voz al servicio de eslóganes de otros. Metódico, organizado y con objetivos definidos, buceaba en los libros para blindarse contra excusas de mal pagador que a veces rodean a algunos artistas.
No sólo sabía a dónde iba si no que estaba dispuesto a pagar un precio por conseguirlo. Conocía pues esa vieja fórmula infalible y al alcance de todos pero que sólo unos cuantos son capaces de seguir.
Me lo demostraría el día que confió en mi para que librase una primera copia de "Si le doy cuerda a mi vida" a quien la había inspirado, y volvería a hacerlo hace solo unas semanas al entregarme, antes de ser distribuida, una copia de "Madrid Formentera".
Conocí pues a Ferrà preparándose para ser un músico libre de todo menos de la música.
Hoy lo ha conseguido y detrás de esas murallas que nos anuncia que va a trepar en "reinventando mi alma", esta guitarra EKO con la que compuso su primera canción a los catorce años y que debió caer del Eisenhower en una visita a Mallorca. "Sara quiere a Sara" no deja dudas en cuanto a lo que le mueve. Se habrá preguntado mil veces como enfrascarlas en el olvido, pero Ferrà, irremediablemente y aunque tal vez ni él lo sepa, busca estar siempre persiguiendo una musa y miente como el mejor en esa Noche de San Juan cuando canta que "no tenga nada por lo que luchar".
Pero el mérito no es, ni mucho menos, todo suyo. A base de golpes o de caricias se cuentan por docenas los culpables que se encargaron de moldearlo. Empezando por su madre, quien le pone un profesor de guitarra a los 13 con una única condición: durante el primer año sólo le enseñará música clásica. Cumplido el plazo se abre la jaula y deja atrás esa "Mazurca del reloj" interpretada en el auditorio del colegio y plagada de dedos enganchados entre las cuerdas.
De la Eko a la Ovation, y al juego al gato y al ratón con Pep Suasi y Guille Cerdà que da como fruto las primeras maquetas, varios grupos entre divorcios y al final matrimonio con Fora des Sembrat que dio a luz un disco.
Cuando llegó al techo y la casa, los acordes, la gente y la isla nos quedamos pequeños, emigró a Madrid en busca de mejores pastos para alimentar sus fantasmas. Ahí, en la Sierra reencuentra a Riki López, que ya parodiaba canciones en los entreactos de Ferrà diez años antes en Sa Finestra. Y también David Martín, Bunbury, Tontxu, Jaime Anglada, Quique González. Un día se despertó cantando con Marta Botía y se durmió componiendo con ella "Todo en lo que yo creo". Más de 1 millón de personas serían testigos de ello ante el Papa.
Llegados a este punto ya no estaba y soy incapaz de decir en qué momento desapareció.
No volvía a verle, ni a el ni a sus miedos.
Usurpando su nombre, con arrugas profundas junto a los ojos y decidido a no dedicarle ni dos minutos a lo que le aparta de sus objetivos, regresó hace unos meses un nuevo Ferrà.
Bajo el brazo traía este Madrid Formentera.
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